Emma

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La señora Weston la besó con lágrimas de alegría; y cuando pudo articular unas palabras le aseguró que lo que le acababa de decir le había hecho más bien que ninguna otra cosa del mundo.

—El señor Weston se alegrará casi tanto como yo misma —dijo ella—. Este detalle nos ha preocupado muchísimo. Era nuestro mayor deseo el que os sintierais atraídos el uno por el otro. Y nosotros estábamos convencidos de que había sido así… imagínate lo que hemos sufrido por ti al saber todo eso.

—Me he salvado de este peligro; y el haberme salvado es una agradable sorpresa tanto para vosotros como para mí. Pero eso no le libra de su responsabilidad; y debo decir que su proceder me parece muy censurable. ¿Qué derecho tenía a presentarse aquí de una manera tan desenvuelta estando ya prometido?[21] ¿Qué derecho tenía a querer agradar (porque eso es lo que hizo), a distinguir a una joven con sus constantes atenciones (como lo hizo), cuando en realidad ya pertenecía a otra? ¿Cómo no pensaba en el mal que podía llegar a hacer? ¿Cómo no pensaba que podía inducirme a mí a enamorarme de él? Todo esto es indigno, totalmente reprobable.

—Por una cosa que él dijo, mi querida Emma, yo más bien imagino…


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