Emma

Emma

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Estaba muy enojada consigo misma; y de no estar enojada también con Frank Churchill, su estado de ánimo hubiese sido mucho peor. En cuanto a Jane Fairfax, por lo menos podía desentenderse de sentir inquietud por ella. Harriet le preocupaba ya suficientemente; no necesitaba, pues, seguir preocupándose por Jane, cuyos problemas y cuya falta de salud, como tenían, por supuesto, el mismo origen, debían tener igualmente la misma curación… Su vida de penurias y de desgracias había terminado… Pronto recuperaría la salud, sería feliz y disfrutaría de una buena posición… Emma comprendía ahora por qué su solicitud por ella había sido desdeñada. Aquella revelación había aclarado otras muchas cuestiones de menor importancia. Sin duda la causa habían sido los celos. Para Jane ella había sido una rival; y lógicamente todo lo que quisiera ofrecerle como ayuda o atenciones tenía que rechazarlo. Dar un paseo en el coche de Hartfield hubiese sido una tortura, el arrurruz procedente de las alacenas de Hartfield hubiese sido un veneno. Lo comprendía todo; y cuando lograba desprenderse de los sentimientos injustos que le inspiraba su orgullo herido, reconocía que Jane Fairfax merecía sobradamente todo el encumbramiento y la felicidad que sin duda iba ahora a tener. Pero ¡la pobre Harriet era un reproche viviente para ella! No podía dedicar sus atenciones a nadie que lo necesitase más. A Emma le dolía infinito que esta segunda decepción fuese aún más grave que la primera. Teniendo en cuenta que esta vez sus aspiraciones eran mucho mayores, debía serlo; y a juzgar por los poderosos efectos que aparentemente aquel enamoramiento había producido sobre el espíritu de Harriet, impulsándola al disimulo y al dominio de sí misma, así era… Sin embargo, debía comunicarle aquella penosa verdad lo antes posible. Al despedirse de ella el señor Weston la había conminado a guardar el secreto.


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