Emma
Emma —Por ahora —le habÃa dicho— todo este asunto debe seguir en secreto absoluto. El señor Churchill lo ha exigido asà como muestra de respeto por la esposa que ha perdido hace tan pocos dÃas; y todos estamos de acuerdo en que es a lo que nos obliga el decoro más elemental.
Emma lo habÃa prometido; pero a pesar de todo Harriet debÃa ser una excepción; creÃa que éste era un deber superior.
A pesar de su mal humor, no pudo por menos de encontrar casi ridÃculo el que ahora tuviera que dar a Harriet la misma penosa y delicada noticia que la señora Weston acababa de darle a ella misma. El secreto que con tanto miedo se le habÃa comunicado, ahora era ella quien con no menos intranquilidad debÃa comunicarlo a otra persona. Sintió acelerarse los latidos de su corazón al oÃr los pasos de Harriet y su voz; pensó que lo mismo debÃa de haberle ocurrido a la pobre señora Weston cuando ella entraba en Randalls. ¡Ojalá la conversación tuviera un desenlace igualmente feliz! Pero por desgracia de ello no habÃa ninguna posibilidad.
—Bueno, Emma —penetrando apresuradamente en la estancia—, ¿no te parece la noticia más extraordinaria que jamás se ha oÃdo?
—¿A qué noticia te refieres? —replicó Emma, incapaz de adivinar por su aspecto o su voz si Harriet se habÃa enterado de algo.