Emma
Emma —Te prometo —dijo Emma— que empiezo a dudar de que tenga semejante don. Pero, Harriet, ¿cómo puedes preguntarme en serio si yo suponÃa que estaba enamorado de otra mujer cuando (si no de un modo declarado, sà tácitamente) te estaba alentando a concebir esperanzas? Hasta hace una hora nunca he tenido ni la menor sospecha de que el señor Frank Churchill se sintiese atraÃdo por Jane Fairfax. Puedes tener la seguridad de que si yo hubiese sospechado algo de este tipo te hubiera prevenido de acuerdo con mis sospechas.
—¿A mÃ? —exclamó Harriet ruborizándose llena de asombro. ¿Por qué tenÃas que prevenirme? No supondrás que yo me interesaba por el señor Frank Churchill…
—No sabes lo que me alegra oÃrte hablar de este asunto con tanta serenidad —replicó Emma sonriendo—; pero no pretenderás negarme que hubo una época… que por cierto, no está aún muy lejos… en que me diste motivos para suponer que te interesabas por él…
—¿Por él? ¡Oh, nunca, nunca! Querida Emma, ¿cómo pudiste entenderme tan mal? —dijo Harriet, volviendo el rostro, muy dolida.
—¡Harriet! —exclamó Emma, después de un momento de pausa. ¿Qué quieres decir? ¡Por lo que más quieras, dime qué has querido decir…! ¿Qué te he entendido mal? Entonces, tengo que suponer…