Emma
Emma —Harriet… —exclamó Emma, dominándose resueltamente—. Es mejor que ahora nos entendamos las dos, sin que haya posibilidad de que volvamos a equivocarnos otra vez… Estás hablando de… del señor Knightley, ¿no?
—Desde luego. No podÃa haber pensado en nadie más… y creÃa que tú debÃas de saberlo. Cuando hablamos de él no podÃa quedar más claro.
—No tan claro —replicó Emma, con forzada calma—, porque todo lo que entonces dijiste me pareció que se referÃa a una persona distinta. Casi hubiera podido asegurar que habÃas citado al señor Frank Churchill. Recuerdo perfectamente que se habló del favor que te habÃa hecho el señor Frank Churchill al defenderte de los gitanos.
—¡Oh, Emma! ¡Cómo olvidas las cosas!
—Mi querida Harriet, recuerdo muy bien lo que en substancia te dije en aquella ocasión. Te dije que no me extrañaba que te hubieses enamorado; que teniendo en cuenta el favor que te habÃa hecho era la cosa más natural del mundo… Y tú estuviste de acuerdo, y dijiste con mucho apasionamiento que estabas muy agradecida, e incluso mencionaste las sensaciones que tuviste al verle venir en tu ayuda… Fue una impresión que me quedó grabada en la memoria.