Emma
Emma —¡Querida! —exclamó Harriet—. ¡Ahora me acuerdo de lo que quieres decir! Pero es que yo entonces estaba pensando en algo muy diferente. No me referÃa a los gitanos… ni al señor Frank Churchill. ¡No! —adoptando un tono más solemne—. Pensaba en otra circunstancia más importante… Pensaba en el señor Knightley acercándose e invitándome a bailar, después de que el señor Elton se negó a bailar conmigo, cuando no habÃa ninguna otra pareja en el salón. Éste fue el gran servicio que me prestó; ésta fue su noble comprensión, su generosidad; eso fue lo que hizo que empezara a darme cuenta de que estaba muy por encima de todos los demás seres de la tierra.
—¡Santo Cielo! —exclamó Emma—. ¡Qué error más desgraciado…! ¡Oh, qué lamentable! Y ahora, ¿qué puede hacerse?
—¿No me hubieras alentado si entonces hubieses sabido a lo que me referÃa? Por lo menos ahora mi situación no es peor que lo que lo hubiera sido de haberse tratado de la otra persona; y ahora… es posible…
Hizo una breve pausa. Emma no se veÃa con ánimos para hablar.