Emma
Emma —Emma, no me extraña —siguió diciendo— que veas una gran diferencia entre los dos… tanto en mi caso como en el de cualquier otra. Debes pensar que está infinitamente mucho más por encima de mà que el otro. Pero yo espero, Emma, que suponiendo… que si… por extraño que pueda parecer… Ya sabes que fueron tus propias palabras: Cosas más difÃciles han ocurrido, matrimonios más desiguales se han celebrado, que el que hubiera podido celebrarse entre Frank Churchill y yo; y, por lo tanto, me parece que si, incluso una cosa asà puede haber ocurrido antes de ahora… y si yo fuese tan afortunada, tanto, que… si el señor Knightley llegara… si a él no le importara la desigualdad, confÃo, querida Emma, que tú no te opondrÃas… que no nos crearÃas dificultades. Pero estoy segura de que eres demasiado buena para hacer una cosa asÃ.
Harriet estaba de pie, junto a una de las ventanas. Emma se volvió para lanzarle una mirada llena de consternación y dijo rápidamente:
—¿Tienes algún indicio de que el señor Knightley corresponde a tus sentimientos?
—Sà —replicó Harriet, con humildad, pero sin temor—. Puedo decir que sà lo tengo.