Emma
Emma Inmediatamente Emma desvió la mirada. Y durante unos minutos permaneció en silencio, meditando, con los ojos fijos. Unos pocos minutos bastaron para revelarle lo que había en su propio corazón. Una inteligencia como la suya una vez concebía una sospecha hacía rápidos progresos hacia su objeto. Emma suponía… admitía… reconocía toda la verdad. ¿Por qué era mucho peor que Harriet estuviera enamorada del señor Knightley en vez de estarlo de Frank Churchill? ¿Por qué aquella contrariedad adquiría proporciones tan enormes con el hecho de que Harriet tuviera esperanzas justificadas de ser correspondida? Una convicción se abrió paso con la celeridad de una flecha en el ánimo de Emma: ¡el señor Knightley sólo podía casarse con ella!