Emma

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Emma sentía un poco de curiosidad; y prestó mucha atención a todo lo que le iba contando su amiga. La señora Weston había efectuado aquella visita en un estado de ánimo muy incierto; y al principio había pensado que por el momento era mejor no visitarlas, y conformarse con escribir a la señorita Fairfax aplazando esta ceremoniosa visita hasta que hubiera pasado algún tiempo más, y el señor Churchill accediera a que se hiciese público el compromiso; ya que había que tener en cuenta que en su opinión una visita como aquélla no podía hacerse sin que se diera pábulo a comentarios… Pero el señor Weston pensaba de un modo muy distinto; estaba extraordinariamente ansioso por demostrar a la señorita Fairfax y a su familia que aprobaba la elección de su hijo, y no concebía que aquello pudiese despertar ninguna sospecha; y en caso de ser así, no tendría ninguna importancia; porque «esas cosas», según dijo, «siempre acaban por saberse». Emma sonrió y pensó que el señor Weston tenía muy buenas razones para opinar de este modo. En resumen, que habían ido… encontrándose con que el desconcierto y la turbación de la joven no podía ser mayor. Apenas había podido decir ni una palabra, y todo su aspecto y sus actitudes demostraban que se hallaba profundamente afectada. La serena y cordial satisfacción de la anciana y la entusiástica alegría de su hija, que resultó ser tan intensa que ni siquiera le dejaba hablar tanto como de costumbre, constituyeron en medio de todo un grato espectáculo, casi conmovedor; tan respetable parecía su felicidad, tan desinteresada en sus manifestaciones; pensaban tanto en Jane, tanto en todo el mundo, y tan poco en ellas mismas, que suscitaban los sentimientos más entrañables. La reciente enfermedad de la señorita Fairfax ofreció a la señora Weston una excelente excusa para invitarla a dar un paseo; al principio se había mostrado retraída y había rechazado el ofrecimiento, pero al ver que se insistía, terminó aceptando; y durante aquel paseo en coche la señora Weston, alentándola con palabras llenas de afecto, consiguió vencer su reserva, y hacer que conversaran sobre el tema que a ambas les interesaba más. Jane empezó por excusarse por el silencio poco amable con que había recibido a los dos esposos, y manifestó la enorme gratitud que siempre había sentido por ella y por el señor Weston; pero una vez terminadas estas efusiones, hablaron durante un buen rato del estado presente y futuro de aquel compromiso matrimonial. La señora Weston estaba convencida de que aquella conversación debía constituir un gran alivio para su compañera, que durante tanto tiempo había estado tan encerrada en sí misma, y quedó muy complacida con todo lo que ella le dijo acerca del caso.


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