Emma
Emma —¿Que hizo mal? Creo que nadie le harÃa más reproches de los que está dispuesta a hacerse a sà misma. «Las consecuencias», me decÃa, «para mà han sido un estado de continua zozobra; y asà tenÃa que ser; pero a pesar de todo el castigo que un mal proceder puede acarrearnos, el proceder no por eso deja de ser menos malo. Sufrir no es expiar. No puedo disculparme. He estado obrando contrariamente a lo que yo creÃa que era justo; y el final feliz que ahora ha tenido todo y las atenciones que estoy recibiendo es lo que mi conciencia me dice que no merezco». «No se imagine usted», me ha dicho también, «que he recibido malas enseñanzas. No crea que pueden tener la culpa los principios que me dieron ni los amigos que se cuidaron de educarme. El error ha sido sólo mÃo; y le aseguro que, a pesar de todas las disculpas que las presentes circunstancias aparentemente puedan darme, espero con mucho temor el momento en que tenga que contar esta historia al coronel Campbell».
—¡Pobre muchacha! —repitió Emma—. Estoy segura de que le quiere apasionadamente. Sólo el amor ha podido empujarla a aceptar una situación como ésta. Sus sentimientos pudieron más que su razón.
—SÃ, no tengo la menor duda de que está muy enamorada de él.
—Me temo —replicó Emma suspirando— que yo muchas veces debo haber contribuido a que se sintiera desgraciada.