Emma
Emma Cuando llegó al pasaje en que se hablaba de la señorita Woodhouse, se vio obligado a leerlo todo en voz alta… todo lo relativo a ella, con una sonrisa; una mirada; un movimiento de cabeza; una palabra o dos de asentimiento o de desaprobación; o simplemente de amor, según requerÃa la materia; sin embargo, después de unos momentos de reflexión, concluyó diciendo muy seriamente:
—Muy mal… aunque hubiese podido ser peor… Ha estado haciendo un juego muy peligroso… ¡Tener tanta confianza en que el azar se lo va a solucionar todo! No juzga bien la conducta que ha tenido con usted… En realidad se ha ido dejando engañar por sus propios deseos, sin tener la menor consideración por todo lo que no fuera su conveniencia… ¡Imaginarse que usted habÃa descubierto su secreto! ¡No puede ser más natural! Misterio… intriga… todo esto enturbia el juicio… Mi querida Emma, ¿no cree que todo nos demuestra cada vez con más evidencia, la belleza de la verdad y de la sinceridad en nuestras mutuas relaciones?
Emma asintió, pero no pudo evitar ruborizarse al pensar en Harriet, a quien no podÃa dar una explicación sincera de lo ocurrido.
—Es mejor que siga —dijo ella.
Asà lo hizo, pero en seguida volvió a interrumpir la lectura para exclamar: