Emma
Emma —¡El piano! ¡Ah! Eso es algo muy propio de un muchacho, de un muchacho de poca edad, demasiado joven para comprender que a veces en un regalo asà pesan más los inconvenientes que la ilusión que produce. ¡SÃ, es una idea de chiquillo! No puedo concebir que un hombre se empeñe en dar a una mujer una prueba de su afecto que sabe que ella preferirÃa no recibir; y sabÃa que de haber podido, ella se hubiese opuesto a que le enviara el piano.
Tras esto siguió leyendo durante unos minutos sin hacer ninguna otra pausa. La confesión de Frank Churchill de que se habÃa portado de un modo vergonzoso fue la primera cosa que le incitó a dedicarle algo más que unas escuetas palabras.
—Estoy totalmente de acuerdo contigo, amigo mÃo —fue su comentario—. Se portó usted de un modo imperdonable. En su vida ha escrito usted una frase más verdadera.
Y después de leer,» que seguÃa diciendo acerca del desacuerdo de ambos, y de su insistencia en obrar de un modo contrario a lo que parecÃa más justo a Jane Fairfax, hizo una pausa más larga para decir: