Emma
Emma Emma lamentaba no poder hablarle con más franqueza de uno de los favores más importantes que él, con su gran sentido común, hubiese podido hacerle, aconsejándole de modo que le hubiese evitado incurrir en la peor de todas sus locuras femeninas: su empeño en intimar con Harriet Smith; pero era una cuestión demasiado delicada; no podía hablar de ella. En sus conversaciones sólo muy raras veces mencionaban a Harriet. Por su parte ello podía atribuirse simplemente a que no se le ocurría pensar en la muchacha; pero Emma se inclinaba a atribuirlo a su tacto y a las sospechas que debía de tener, por ciertos detalles, de que la amistad entre ambas amigas comenzaba a declinar. Se daba cuenta de que en cualquier otra circunstancia era lógico esperar que se hubiesen carteado más, y que las noticias que tuviera de ella no tuviesen que ser exclusivamente, como entonces ocurría, las que Isabella incluía en sus cartas. Él también debía haberlo advertido. La desazón que le producía el verse obligada a ocultarle algo era casi tan grande como la que sentía por haber hecho desgraciada a Harriet.