Emma
Emma ¡Pobre hombre! De momento tuvo un susto considerable e intentó disuadir a su hija por todos los medios. Le recordó una y otra vez que siempre había dicho que no pensaba casarse, y le aseguró que para ella sería muchísimo mejor quedarse soltera; y le habló de la pobre Isabella y de la pobre señorita Taylor… Pero todo fue en vano. Emma le abrazaba cariñosamente, le sonreía y le repetía que tenía que ser así; y que no podía considerar su caso como el de Isabella y el de la señora Weston, cuyas bodas, al obligarlas a abandonar Hartfield, habían significado un cambio de vida tan triste; ella no se iría de Hartfield; se quedaría siempre allí; si se introducía algún cambio en la casa era solamente con miras a su bienestar; y estaba completamente segura de que él sería mucho más feliz teniendo siempre al lado al señor Knightley, una vez se hubiese acostumbrado a la idea… ¿No apreciaba mucho al señor Knightley? No podía negar que sí que le apreciaba, estaba segura de ello. ¿Con quién quería siempre consultar las cuestiones de negocios sino con el señor Knightley? ¿Quién le prestaba tantos servicios, quién estaba siempre dispuesto a escribirle sus cartas, quién le ayudaba de tan buen grado en todas las cosas? ¿Quién era más amable, más atento, más fiel que él? ¿No le gustaría tenerle siempre en casa? Sí; ésta era la pura verdad. Nunca se cansaba de recibir las visitas del señor Knightley; le gustaría verle cada día; pero hasta entonces había estado viéndole casi cada día… ¿Por qué no podía ser todo igual que hasta ahora?