Emma

Emma

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—También yo he cambiado; ahora estoy dispuesto a reconocer que Harriet tiene todas las buenas cualidades. Por usted, y también por Robert Martin (a quien siempre he creído tan enamorado de ella como antes), me he esforzado por conocerla mejor. En muchas ocasiones he hablado bastante con ella. Ya se habrá usted fijado. La verdad es que a veces yo tenía la impresión de que usted casi sospechaba que estaba abogando por la causa del pobre Martin, lo cual no era cierto. Pero gracias a esas charlas me convencí de que era una muchacha natural y afectuosa, de ideas muy rectas, de buenos principios muy arraigados, y que cifraba toda su felicidad en el cariño y la utilidad de la vida doméstica… no tengo la menor duda de que gran parte de esto se lo debe a usted.

—¿A mí? —exclamó Emma negando con la cabeza—. ¡Ah, pobre Harriet!

Sin embargo supo dominarse y se resignó a que le elogiaran más de lo que merecía.

Su conversación no tardó en ser interrumpida por la llegada de su padre. Emma no lo lamentó. Quería estar a solas. Su estado de exaltación y de asombro no le permitía estar en compañía de otras personas. Se hubiera puesto a gritar, a bailar y a cantar; y hasta que no echara a andar y se hablara a sí misma y riera y reflexionara, no se veía con ánimos para hacer nada a derechas.


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