Emma

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Una de las cosas que ahora contribuían a su felicidad era pensar que pronto no tendría que ocultar nada al señor Knightley. Pronto podrían terminar todas aquellas cosas que tanto odiaba; los disimulos, los equívocos, los misterios. En el futuro podría tener en él una confianza plena, perfecta, que por su manera de ser consideraba como un deber.

Así pues, alegre y feliz como nunca se puso en camino en compañía de su padre; no siempre escuchándole, pero siempre dándole la razón a todo lo que decía; y ya fuera en silencio ya hablando, aceptando la grata convicción que tenía su padre de que estaba obligado a ir a Randalls todos los días, ya que de lo contrarío la pobre señora Weston tendría una desilusión.

Llegaron por fin… La señora Weston estaba sola en la sala de estar; pero cuando apenas había recibido las últimas noticias sobre la niña y se dio las gracias al señor Woodhouse por la molestia que se había tomado, agradecimiento que él reclamó, a través de los postigos se divisaron dos siluetas que pasaban cerca de la ventana.

—Son Frank y la señorita Fairfax —dijo la señora Weston—. Ahora mismo iba a decirles que esta mañana hemos tenido la agradable sorpresa de verle llegar. Se quedará hasta mañana y ha convencido a la señorita Fairfax para que pase el día con nosotros… Creo que van a entrar.


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