Emma
Emma —¿Ha visto usted alguna vez una tez igual? Esa suavidad, esa delicadeza… y sin embargo no puede decirse que sea realmente bella… no puede llamársele bella. Es una clase de belleza especial, con esas pestañas y ese pelo tan negro… Un tipo de belleza tan peculiar… Y tan distinguida… Tiene el color preciso para que pueda llamársele bella.
—Siempre la he admirado —replicó Emma intencionadamente—; pero si no recuerdo mal hubo un tiempo en que usted consideraba su palidez como un defecto… la primera vez que hablamos de ella. ¿Ya lo ha olvidado?
—¡Oh, no! ¡Qué desvergonzado fui! ¿Cómo pude atreverme…?
Pero se reÃa de tan buena gana al recordarlo que Emma no pudo por menos que decir:
—Sospecho que en medio de todos los conflictos que tenÃa usted por entonces se divertÃa mucho jugando con todos nosotros… Estoy segura de que era asÃ… estoy segura de que eso le servÃa de consuelo.
—Oh, no, no… ¿Cómo puede creerme capaz de una cosa as� ¡Yo era el hombre más desgraciado del mundo!