Emma
Emma Emma le aseguró que no había ninguna dificultad en contestar, y le aconsejó que le escribiera inmediatamente, a lo cual la muchacha accedió con la esperanza de contar con la ayuda de su amiga; y aunque Emma seguía afirmando que no necesitaba ninguna clase de ayuda, lo cierto fue que colaboró en la redacción de todas y cada una de las frases de la carta. Al releer la del señor Martin para contestarla Harriet se sintió más propensa a ablandarse, tanto que fue preciso que Emma robusteciera su decisión con unas pocas pero decisivas frases; Harriet estaba tan preocupada por la idea de hacerle desdichado, y pensaba tanto en lo que iban a pensar y decir su madre y sus hermanas, y tenía tanto miedo de que la considerasen como una ingrata, que Emma no pudo por menos de convencerse de que si el joven hubiese acertado a pasar por allí en aquel momento, a pesar de todo hubiese sido aceptado.
Sin embargo la carta fue escrita, sellada y enviada. La cuestión estaba zanjada y Harriet a salvo. Durante toda la noche la muchacha estuvo más bien deprimida, pero Emma escuchó con paciencia sus tiernas lamentaciones, y de vez en cuando intentaba levantarle el ánimo hablándole del afecto que ella le profesaba, y, a veces también, reavivando el recuerdo del señor Elton.
—Nunca más volverán a invitarme a Abbey-Mill —dijo Harriet en un tono más bien lastimero.