Juicio y sentimiento

Juicio y sentimiento

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—No le preguntaría eso por nada en el mundo. Suponiendo que fuera posible que no estuvieran comprometidos, ¡qué desazón no iba a causar un interés así! En todos los sentidos sería de lo menos considerado. Nunca volvería a merecerme su confianza después de forzarla a confesar lo que en estos momentos debe ser del dominio público. Conozco el corazón de Marianne: sé que me quiere mucho, y que no seré la última en ser informada cuando las circunstancias permitan que las cosas salgan a la luz. No quisiera forzar la confianza de nadie; mucho menos la de una niña, porque el sentido del deber le impediría negarse a decir lo que posiblemente no quisiera decir.

Elinor consideró excesiva esta generosidad, teniendo en cuenta la juventud de su hermana, e insistió otra vez, pero en vano; el sentido común, la preocupación común, la prudencia común, todo se hallaba oscurecido por la romántica delicadeza de la señora Dashwood.

Pasaron varios días antes de que alguien de la familia mencionara delante de Marianne el nombre de Willoughby. Sir John y la señora Jennings no fueron, de hecho, tan reticentes; sus ocurrencias añadieron dolor a un momento muy doloroso; pero una noche, la señora Dashwood, tomando al azar un volumen de Shakespeare, exclamó:


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