Juicio y sentimiento
Juicio y sentimiento 
Edward pasó una semana en la casa de campo; la señora Dashwood le instó voluntariosamente a quedarse más; pero, como si sólo le interesase su propia mortificación, pareció decidido a marcharse justo cuando más disfrutaba entre sus amistades. En los últimos dos o tres días, aunque aún de manera desigual, su estado de ánimo había mejorado: cobraba cada vez mayor apego a la casa y a sus alrededores; nunca hablaba de irse sin suspirar; decía que no tenía ningún compromiso en su calendario; incluso dudaba de a qué sitio se dirigía cuando se marchara… pero aun así, debía marcharse. Jamás una semana había pasado tan rápido: apenas podía creer que hubiera tocado a su fin. Lo dijo muchas, muchas veces; y dijo también otras cosas que indicaron el sesgo de sus sentimientos y pusieron en entredicho sus actos. Nada le complacía en Norland; detestaba vivir en la ciudad; pero, ya fuera a Norland, ya fuera a Londres, debía partir. Apreciaba su amabilidad más que nada en el mundo, y no podía ser feliz sino estando entre ellas. Pero aun así debía dejarlas al finalizar la semana, pese a los deseos de ambas partes, y sin pérdida de tiempo.