Juicio y sentimiento
Juicio y sentimiento Elinor juzgó todo cuanto de desconcertante hubo en esta manera de comportarse a la luz de las razones de la señora Ferrars; y era una suerte para ella que Edward tuviera una madre de cuyo carácter estuviese tan imperfectamente informada, porque así era la excusa general para todas las cosas extrañas que hacía su hijo. Desilusionada, sin embargo, y contrariada, y a veces disgustada con la incierta actitud que le mostraba, estaba en conjunto muy bien dispuesta a considerar sus actos con todas las concesiones de favor y generosas calificaciones que la señora Dashwood había obtenido de ella a la fuerza, y bastante más dolorosamente, en atención a Willoughby. La falta de ánimo, de franqueza y de consecuencia en el obrar de Edward fue atribuida invariablemente a su falta de independencia y a su mejor conocimiento de las disposiciones y planes de la señora Ferrars. La brevedad de la visita, la firmeza en la intención de marcharse tenían su origen en la misma voluntad encadenada, la misma necesidad inevitable de contemporizar con su madre. El antiguo y bien arraigado agravio entre deber y voluntad, entre padres e hijos, era la causa de todo. A Elinor le habría gustado saber cuándo iban a cesar estos impedimentos, cuándo iba a ceder esta oposición: cuándo se enmendaría la señora Ferrars, y quedaría su hijo en libertad para ser feliz. Pero de estos vanos deseos se veía obligada a volver, para hallar consuelo, a la renovación de su confianza en el afecto de Edward, al recuerdo de todas las señales que en miradas o palabras se le habían escapado durante su estancia en Barton, y, por encima de todo, a esa halagadora prueba que llevaba constantemente prendida al dedo.