Juicio y sentimiento

Juicio y sentimiento

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—Le aseguro —contestó Edward— que he pensado mucho en esta cuestión, igual que ahora usted. Ha sido, y es, y probablemente será siempre para mí una gran desgracia no haber tenido necesidad de ocuparme en ningún negocio, ni de dedicarme a una profesión, ni de procurarme algo parecido a la independencia. Pero por desgracia mis propios escrúpulos, y los escrúpulos de mis amigos, han hecho de mí lo que soy, un ser inútil y ocioso. Nunca pudimos ponernos de acuerdo en qué profesión elegir. Yo siempre tuve preferencia por la iglesia, y aún ahora la tengo. Pero esto no era lo bastante elegante para mi familia. Ellos preferían la milicia. Esto era, con mucho, demasiado elegante para mí. Condescendían a considerar la carrera de leyes de suficiente buen tono; muchos jóvenes con despacho en el Colegio de Abogados de Londres hacían muy buenas entradas en los mejores círculos y conducían por la ciudad calesines muy distinguidos. Pero yo no sentía inclinación por las leyes, ni siquiera por este estudio menos profesional de ellas que contaba con la aprobación de mi familia. En cuanto a la marina, tenía la moda de su parte, pero yo ya era demasiado mayor para ingresar en el cuerpo cuando el asunto se planteó… y, al final, como no había necesidad alguna de que ejerciera una profesión, como podía ser tan gallardo y derrochón con una chaqueta roja a la espalda como sin ella, se dictaminó de forma general que la ociosidad era lo más ventajoso y honorable, y un jovencito de dieciocho años no está por lo común tan empeñado en dedicarse a una ocupación como para resistirse a sus amistades si éstas le insisten en que no haga nada. Por eso me enviaron a Oxford y he sido desde entonces un modélico holgazán.


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