Juicio y sentimiento
Juicio y sentimiento —Ciertamente no; pero, si te fijas, la gente vive siempre eternamente cuando hay una renta anual que percibir; y ella es muy sana y fuerte, y apenas tiene cuarenta años. Una renta es una cosa muy seria; llega año tras año, y uno no puede deshacerse de ella. No sabes lo que estás haciendo. Conozco muy bien los quebraderos de cabeza que dan las rentas; pues mi madre se vio atrapada, por culpa del testamento de mi padre, con el pago de tres de ellas a viejos sirvientes jubilados, y no te puedes imaginar lo desagradable que le parecía. Había que pagarlas dos veces al año; y luego estaba el incordio de hacérselas llegar; y luego se dijo que uno de ellos había muerto, cuando por fin resultó que no era verdad. A mi madre le sacaban de quicio. Su dinero, decía, no era suyo, sometido a esas perpetuas reclamaciones; y fue de lo menos considerado por parte de mi padre, porque, de otro modo, mi madre habría podido disponer enteramente del dinero, sin restricciones. Lo cual me ha hecho odiar tanto las rentas que por nada en el mundo me obligaría al pago de una.
—Es sin duda una cosa engorrosa —repuso el señor Dashwood— tener esa clase de sumideros anuales en el propio patrimonio de uno. La fortuna de uno, como dice tu madre con razón, no es suya. Estar atado al pago regular de una suma así, todos los días que dura una renta, no es deseable bajo ningún concepto: le quita a uno su independencia.