Juicio y sentimiento

Juicio y sentimiento

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Sir John había insistido mucho en que pasaran el día siguiente en la finca. La señora Dashwood, que prefería no cenar con ellos más de lo que ellos cenaban en la casita de campo, se negó totalmente por su parte; sus hijas podían hacer lo que quisieran. Pero éstas no sentían ninguna curiosidad por ver cómo cenaban el señor y la señora Palmer, ni tenían ninguna perspectiva de divertirse de otra manera. Intentaron, pues, excusarse también; el tiempo era inseguro y probablemente sería malo. Pero sir John no se dio por satisfecho: iba a mandarles el carruaje y no se podían negar. También lady Middleton insistió, aunque no con la madre de las muchachas. La señora Jennings y la señora Palmer se unieron a las súplicas, todos parecían igualmente ansiosos de evitar una reunión familiar; y las señoritas Dashwood no tuvieron más remedio que someterse.

—¿Por qué tienen que invitarnos? —dijo Marianne, en cuanto hubieron salido—. Creía que pagábamos poco por el arrendamiento de esta casa; pero las condiciones son muy duras, si tenemos que ir a la finca cada vez que tienen visitas, o las tenemos nosotras.

—Con estas frecuentes invitaciones —dijo Elinor—, pretenden no ser ahora menos amables y corteses con nosotras que cuando nos invitaban hace unas cuantas semanas. Si algo ha variado, si sus reuniones se han vuelto tediosas y pesadas, no es culpa suya. El cambio hay que buscarlo en otra parte.


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