Juicio y sentimiento
Juicio y sentimiento Ellas se lo agradecieron; pero se veÃan obligadas a rechazar todas sus súplicas.
—¡Oh, amor mÃo! —le gritó la señora Palmer a su marido, que en aquel preciso instante entraba en el salón—. Tienes que ayudarme a convencer a las señoritas Dashwood para que vayan este invierno a la ciudad.
Su amor no contestó; y, tras una ligera reverencia a las señoritas, empezó a quejarse del tiempo.
—¡Vaya horror! —dijo—. Este tiempo lo vuelve todo desagradable, personas y cosas. Con la lluvia, en casa se aburre uno tanto como fuera de ella. Le hace odiar a todos sus conocidos. ¿Qué demonios pretende sir John no teniendo una sala de billar en esta casa? ¡Qué poca gente conoce el alivio que eso supone! Sir John es tan estúpido como el tiempo.
El resto de la compañÃa no tardó en aparecer.
—Me temo, señorita Marianne —dijo sir John—, que no haya podido dar hoy su paseo habitual por Allenham.
Marianne se puso seria y no dijo nada.
—¡Oh! ¡No sea tan disimulada! —dijo la señora Palmer—. Nosotros lo sabemos todo, no lo dude; y la admiro mucho por su gusto, porque me parece un joven extraordinariamente guapo. No vivimos muy lejos de él en el campo, ¿sabe? No a más de diez millas, dirÃa yo.
—Casi a treinta —dijo su marido.