Juicio y sentimiento

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Pero por desgracia, al prodigar estos abrazos, un alfiler del tocado de su señoría fue a arañar levemente el cuello de la criatura, arrancando de este dechado de mansedumbre unos gritos tan violentos que difícilmente habría podido proferirlos algún otro ser reconocidamente escandaloso. La consternación de la madre fue abusiva; pero no llegó a superar la alarma de las señoritas Steele, y, en una emergencia tan crítica, las tres hicieron todo lo que su amor les señaló como probable a fin de aliviar las agonías de la pequeña doliente. La sentaron en el regazo de su madre, la cubrieron de besos; una de las señoritas Steele, que estaba de rodillas atendiéndola, bañó su herida en agua de lavanda, mientras la otra le llenaba la boca de ciruelas confitadas. Siendo sus lágrimas de tal modo recompensadas, la niña resultó ser demasiado lista para dejar de llorar. Siguió chillando y sollozando con pasión, coceó a sus dos hermanos por haber osado tocarla, y la unión de todos sus consuelos no surtió el menor efecto hasta que lady Middleton recordó felizmente que, la semana anterior, en una escena de infortunio similar, un poco de mermelada de albaricoque se había aplicado con éxito a una magulladura en la sien; el mismo remedio se propuso con encarecimiento para este desdichado arañazo, y un ligero descanso en los gritos de la jovencita al oírlo les hizo cobrar esperanzas de que el remedio no iba a ser repelido… A tal efecto se la llevó su madre en brazos fuera de la sala, en busca de la medicina, y como los dos muchachos decidieron seguirla, a pesar de las insistentes súplicas de su madre de que se quedasen, las cuatro jóvenes señoritas se vieron abandonadas a una tranquilidad desconocida desde hacía muchas horas.


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