Juicio y sentimiento
Juicio y sentimiento —Tal vez —dijo Marianne— la considere un poco sorprendente. Edward es muy amable y yo le quiero y tengo cariño. Pero aun asÃ… no es el tipo de joven… le falta algo… No destaca por su figura; no tiene ninguno de esos dones que yo hubiese esperado del hombre con verdaderas facultades para despertar el interés de mi hermana. En sus ojos no hay ese espÃritu, ese fuego que es anuncio a un tiempo de virtud e inteligencia. Además, mamá, temo que carezca de verdadero gusto. La música apenas parece interesarle, y aunque sienta una gran admiración por los dibujos de Elinor, no se trata de la admiración de una persona que sepa apreciar su valor. Es obvio, pese a la frecuente atención que le dedica cuando ella dibuja, que en realidad no entiende nada en la materia. La admira porque la ama, no por ser un experto. Para satisfacerme a mÃ, estas cualidades tendrÃan que ir unidas. No podrÃa ser feliz con un hombre cuyo gusto no coincidiera en todo momento con el mÃo. TendrÃa que participar de todos mis sentimientos: los mismos libros, la misma música habrÃan de hechizarnos a los dos. ¡Oh, mamá, qué poco espÃritu, qué poca gracia tuvo anoche cuando nos leÃa! Lo sentà muchÃsimo por mi hermana. Y ella, aun asÃ, lo aguantaba con tanta compostura que apenas parecÃa notarlo. Yo apenas podÃa resistir quieta en mi silla. ¡OÃr esos bellos versos que a punto han estado, tantas veces, de hacerme perder la razón recitados con esa calma impenetrable, con esa mortal indiferencia…!