Juicio y sentimiento

Juicio y sentimiento

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—Por vosotras haría más de lo que haría por mí. Pero ¿fingir que soy feliz cuando soy tan digna de compasión…? ¡Oh! ¿Quién puede exigírmelo?

Ambas volvieron a guardar silencio. Elinor empezó a deambular pensativa de la chimenea a la ventana, de la ventana a la chimenea, sin reparar ni en el calor de la una, ni en la vista de la otra; y Marianne, sentada a los pies de la cama, con la cabeza apoyada en una de las columnas, cogió de nuevo la carta de Willoughby, y, después de estremecerse con cada una de sus frases, exclamó:

—¡No puedo creerlo! ¡Oh, Willoughby! ¿Es posible que esto sea obra tuya? ¡Esta crueldad…! Nada puede disculparte. No, Elinor, nada. No sé lo que pueden haberle dicho contra mí, pero ¿no habría debido dudar de ello? ¿No habría debido decírmelo, darme la oportunidad de defenderme? «El mechón de pelo que me entregó —repitió, leyendo la carta— y por el que le quedé tan reconocido…». Esto es imperdonable. Willoughby, ¿dónde estaba tu corazón cuando escribiste estas palabras? ¡Oh, qué bárbara insolencia…! Oh, Elinor, ¿qué puede justificarle?

—Nada, Marianne, nada en absoluto.


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