Juicio y sentimiento

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Dicho esto, se marchó, saliendo de puntillas de la habitación, como si pensara que el ruido pudiera agravar las penas de su joven amiga.

Marianne, para sorpresa de su hermana, decidió cenar con ellas. Elinor personalmente se lo desaconsejó. Pero «no, quería bajar; no le iba a pasar nada, y además, con ella delante, daría pie a menos comentarios». Elinor se alegró de ver que, por unos momentos y gracias a este pretexto, se dominaba; y aunque creyó que posiblemente esta contención no fuera a durar hasta el fin de la cena, no quiso hacer más observaciones, y arreglándole el vestido, lo mejor que pudo, mientras ella seguía aún en la cama, se dispuso a acompañarla al comedor en cuanto las llamaron.

Una vez allí, a pesar de su lamentable aspecto, Marianne comió más e hizo gala de una serenidad mayor de la que su hermana había esperado. Si hubiese intentado participar en la conversación, o si hubiera hecho caso de la mitad de las nobles pero insensatas atenciones de la señora Jennings, esta serenidad no habría podido mantenerse; pero ni una palabra salió de sus labios, y, abstraída como estaba en sus pensamientos, fue ajena a todo cuanto sucedió a su alrededor.


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