Juicio y sentimiento

Juicio y sentimiento

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Elinor estuvo a la altura de las gentilezas de la señora Jennings, a pesar de que las efusiones de ésta eran a menudo penosas, y a veces casi ridículas; correspondió a sus tributos y cortesías como su hermana no era capaz de corresponder. Su buena amiga veía que Marianne estaba triste y pensaba que se le debía todo cuanto pudiera contribuir al alivio de sus penas. La trató, pues, con todo el indulgente cariño que prodigaría una madre a su hijo favorito en su último día de vacaciones. Marianne se merecía el mejor sitio al lado de la chimenea, tenía que ser tentada con todos los exquisitos manjares que hubiera en la casa, y distraerse con todas las noticias del día. Si no la hubiera arredrado el abatido semblante de su hermana, Elinor habría podido divertirse con el denuedo puesto por la señora Jennings en curar un desengaño amoroso con un buen fuego y una profusión de dulces y aceitunas. Tan pronto, sin embargo, como Marianne, ante tanta porfía, se vio forzada a tomar conciencia de la situación, fue incapaz de resistir en la sala un minuto más. Encomendándose sin remedio a la Desdicha, y haciendo una seña a su hermana para que no la siguiera, se levantó y salió a toda prisa.





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