Juicio y sentimiento
Juicio y sentimiento 
Marianne durmió más aquella noche de lo que había creído posible, pero despertó al día siguiente a la misma conciencia de calamidad en la que sus ojos se habían cerrado.
Elinor la animó en lo que pudo a expresar sus sentimientos; y antes de que las llamaran a desayunar habían tratado ya el asunto repetidamente; Elinor con la misma firme convicción, y Marianne con el mismo impetuoso ardor y las mismas mudables opiniones. A veces llegaba a creer tan infortunado e inocente a Willoughby como lo era ella misma, y otras, perdía todo consuelo viendo la imposibilidad de exculparle. En ocasiones era del todo indiferente a la mirada del mundo, en otras iba a apartarse de él para siempre, y en otras aún iba a poder hacerle frente con entereza. En una cosa, sin embargo, fue constante, cuando llegó a este punto, y fue en evitar, en lo posible, la presencia de la señora Jennings y en guardar un silencio inexorable siempre que se viera obligada a sufrirla. Su corazón se rebelaba ante la idea de que la señora Jennings penetrase en su desconsuelo con un sentimiento de compasión.
—No, no, no, es imposible —gritó—; es incapaz de sentir. En su amabilidad no hay condolencia; no hay ternura en su simpatía. Sólo le gustan los chismes, y sólo me quiere porque se los proporciono.
