Juicio y sentimiento

Juicio y sentimiento

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Las pesquisas discretas y delicadas del coronel Brandon nunca dejaron de ser bien recibidas por la señorita Dashwood. Se había ganado con creces el privilegio de discutir en la intimidad el desengaño de su hermana, gracias al amistoso empeño que había puesto en mitigarlo, y ambos charlaban siempre con toda confianza. El doloroso esfuerzo de confesar sus pasadas penas y presentes afrentas tenía la mejor recompensa en las miradas compasivas que de vez en cuando le dedicaba Marianne, y en la amabilidad de su acento cuando alguna vez (aunque eso no ocurría muy a menudo) se obligaba, o podía obligarse, a hablar con él. Estos gestos le decían al coronel que el esfuerzo hecho le había favorecido, y por la misma razón Elinor abrigó esperanzas de que esta inclinación creciera en el futuro; pero la señora Jennings, que no sabía nada de esto, que sólo sabía que el coronel continuaba tan serio como siempre, y que ella no podía convencerle de hacer la proposición, ni recomendarle a Marianne que la hiciese en su lugar, empezó a pensar, al cabo de dos días, que, en vez de a mediados de verano, no los vería casados hasta el día de San Miguel, y, al cabo de una semana, que después de todo no habría boda ni nada. El buen entendimiento entre el coronel y la señorita Dashwood parecía más bien indicar que el privilegio de la morera, el canalillo y el cenador de tejo acabaría correspondiéndole a ella; y, durante una temporada, el señor Ferrars estuvo ausente de sus pensamientos.


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