Juicio y sentimiento
Juicio y sentimiento Tras subir las escaleras, las señoritas Dashwood vieron que tenÃan mucha gente delante y que no quedaba nadie libre para atenderlas, y se vieron obligadas a esperar. No tenÃan más remedio que sentarse en el lado del mostrador que pareciera prometer la sucesión más rápida; en uno de ellos habÃa sólo un caballero, y es probable que Elinor no desestimara la esperanza de influir en la cortesÃa de éste para que despachase pronto sus asuntos. Pero el ojo perfeccionista del caballero, y su gusto delicado, resultaron superiores a sus modales. Buscaba un estuche para mondadientes, y hasta que no hubo decidido su tamaño, forma y ornato, cosas todas ellas que, tras un cuarto de hora de examen y discusión de todos los estuches que a tal efecto habÃa en la tienda, acabaron encomendándose a la inventiva de su imaginación, no tuvo tiempo de prestar a las dos damas más atención que la contenida en tres o cuatro miradas muy descaradas: una manera de mirar que imprimió en la memoria de Elinor un cuadro de rostro y figura acusada, natural y genuinamente insignificantes, si bien con todos los acicalamientos de la última moda.