Juicio y sentimiento
Juicio y sentimiento Marianne, ajena a todo, se ahorró la molesta sensación de desdén y agravio ocasionada por este impertinente examen de los rasgos de ambas, y por esta afectación de pisaverde ante los distintos horrores de los distintos estuches que se ofrecieron a su dictamen; Marianne era igual de capaz de quedarse ensimismada en sus pensamientos, y de abstraerse de todo cuanto ocurriera a su alrededor, en la tienda del señor Gray que en la intimidad de su habitación.
Por fin el asunto quedó resuelto. El marfil, el oro y las perlas recibieron cada uno sus indicaciones, y el caballero, habiendo nombrado el último día en que podía garantizarse su existencia sin la posesión del estuche, se puso los guantes con lento cuidado y, concediendo otra mirada a las señoritas Dashwood, una mirada que más parecía exigir que expresar admiración, salió de la tienda con un aire feliz de presunción real y de imaginada indiferencia.
Elinor no perdió el tiempo mientras exponía sus asuntos, y cuando estaba a punto de saldarlos otro caballero se colocó a su lado. Ella se volvió un poco para verle la cara, y con cierta sorpresa descubrió que era su hermano.