Juicio y sentimiento
Juicio y sentimiento Su presencia era un freno tanto para lady Middleton como para Lucy. Estorbaba la indolencia de la una y los manejos de la otra. Lady Middleton se avergonzaba de no hacer nada delante de ellas, y Lucy temía que las adulaciones que a otras horas calculaba y administraba con orgullo fueran despreciables a sus ojos. La señorita Steele era la menos afectada de las tres; y estaba en manos de las dos hermanas reconciliarla con su presencia. Si una de ellas le hubiera dado tan sólo una exhaustiva y detallada explicación de lo que había ocurrido entre Marianne y el señor Willoughby, se habría sentido ampliamente retribuida por el sacrificio que hacía de cederles el mejor lugar junto a la chimenea cuando llegaban. Pero esta reconciliación no llegó a consumarse; porque, aunque a menudo expresó ante Elinor, como quien no quiere la cosa, su condolencia por su hermana, y más de una vez hizo ante Marianne un conato de reflexión sobre la volubilidad de los jóvenes galanes, nada de ello surtió el menor efecto, como no fuera una mirada de indiferencia en la hermana mayor o una de repugnancia en la menor. Incluso un esfuerzo más pequeño habría podido convertirla en su amiga. ¡Con que le hubieran dicho una sola cosa graciosa a propósito del reverendo! Pero tan poco inclinadas estaban, ellas no más que las demás, a complacerla que, si sir John cenaba fuera de casa, la señorita Steele podía pasarse el día entero sin oír otra chanza al respecto que las que ella misma, en su propio beneficio, se prodigaba.