Juicio y sentimiento
Juicio y sentimiento Todos estos celos y frustraciones, sin embargo, pasaban tan inadvertidos a la señora Jennings que ésta seguía pensando que era buenísima cosa que las jóvenes se hiciesen compañía; y había llegado a tomar por costumbre felicitar a sus amigas todas las noches por haberse librado de una vieja tonta durante tanto tiempo. A veces las iba a buscar a casa de sir John, y otras las encontraba ya en su propio domicilio; pero fuera donde fuese, siempre llegaba radiante, henchida de júbilo y de importancia, atribuyendo el bienestar de Charlotte a sus desvelos y dispuesta a dar detalles tan exactos, tan minuciosos de su estado, que sólo a la curiosidad ansiosa de la señorita Steele podían satisfacer. Una cosa sí le preocupaba, una cosa de la que diariamente se plañía. El señor Palmer mantenía la común, pero poco paternal, opinión masculina de que todos los recién nacidos eran iguales; y aunque ella era capaz de advertir claramente y en ocasiones distintas el más acusado parecido entre este recién nacido y cada uno de sus familiares por ambas ramas, no había manera de convencer de ello a su padre, ni de hacerle ver que el niño no era clavado a cualquier otro recién nacido de la misma edad; y ni siquiera pudo conseguirse que reconociera el sencillo enunciado de que era la criatura más hermosa del mundo.