Juicio y sentimiento

Juicio y sentimiento

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Debo ahora relatar un infortunio que por estas fechas fue a abatirse sobre la señora de John Dashwood. Resultó que, mientras sus cuñadas y la señora Jennings le hacían su primera visita a Harley Street, compareció también otra señora de su círculo de amistades: una circunstancia aparentemente inofensiva en sí misma. Pero mientras la imaginación permita a otras personas formarse juicios erróneos sobre nuestra conducta, así como sacar conclusiones a la luz de frágiles apariencias, nuestra felicidad estará siempre, en cierta medida, en manos del azar. En el caso presente, aquella señora que había llegado la última dejó volar su fantasía al punto de rebasar tanto la verdad como la probabilidad, y de concluir, a la sola mención del nombre de las señoritas Dashwood, y entendiendo que eran hermanas del señor Dashwood, que se hospedaban en Harley Street; y esta errónea formación produjo como resultado al cabo de uno o dos días sendas tarjetas de invitación, para ellas así como para su hermano y su cuñada, a una pequeña velada musical en su domicilio. He aquí, pues, cómo la señora de John Dashwood no sólo no tuvo más remedio que resignarse al supremo inconveniente de enviar su carruaje a las señoritas Dashwood, sino que, y eso era aún peor, iba a tener que guardar de una forma sumamente desagradable las apariencias y tratarlas con atención: ¿y quién le decía que no se harían ilusiones de salir con ella una segunda vez? Cierto era que siempre le quedaría el recurso de contrariarlas. Pero eso no le bastaba; pues cuando la gente está decidida a seguir el mal camino, se siente insultada sólo porque alguien espere de ellas un comportamiento mejor.


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