Juicio y sentimiento
Juicio y sentimiento Como Elinor ni era ni pretendía ser una gran aficionada, no tuvo escrúpulos en desviar, siempre que le pareció conveniente, la vista del imponente piano, y, sin contenerla siquiera la presencia de un arpa y un violonchelo, se recreó a voluntad en las demás cosas que había en la estancia. En una de estas incursiones visuales distinguió, formando parte de un grupo, al mismo joven que les había dado una conferencia sobre estuches de mondadientes en la tienda del señor Gray. Poco después, le vio mirarla, y hablar familiarmente con su hermano; y apenas acababa de decidir que le preguntaría a éste su nombre, cuando los dos se encaminaron hacia ella, y el señor Dashwood se lo presentó como el señor Robert Ferrars.