Juicio y sentimiento

Juicio y sentimiento

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—A fe mía —agregó— que no creo que haya otra razón, y así se lo digo a menudo a mi madre cuando ella se queja sobre el particular. «Querida señora —le digo siempre—, debéis dejar de preocuparos. El daño es ahora irreparable, y ha sido enteramente obra vuestra. ¿Por qué tuvisteis que dejaros convencer por mi tío, sir Robert, contra vuestro propio juicio, de colocar a Edward con un preceptor, en la época más crítica de su vida? Con que le hubierais enviado a Westminster igual que a mí, en vez de mandarlo con el señor Pratt, todo eso nos habríamos evitado». Así es como siempre considero el asunto, y mi madre está totalmente convencida de su error.

Elinor no quiso oponerse a su opinión, porque, fuera cual fuese su aprecio general de las ventajas de los colegios privados, no podía tener ideas demasiado halagüeñas sobre la estancia de Edward en casa y con la familia del señor Pratt.

—Tengo entendido que residen ustedes en Devonshire —fue la siguiente observación de Robert Ferrars—, en una casita de campo cercana a Dawlish.

Elinor le aclaró la situación de la vivienda, y a él pareció más bien sorprenderle que alguien fuera capaz de vivir en Devonshire sin vivir cerca de Dawlish. Concedió, a pesar de todo, su beneplácito a las noticias que obtuvo sobre la casa.


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