Juicio y sentimiento

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—Por lo que a mí respecta —dijo—, nada me seduce más que la idea de una casita de campo; son siempre tan cómodas, tan elegantes… Y si tuviera dinero que gastar, afirmo que me compraría un pedazo de tierra y me construiría una, a poca distancia de Londres, adonde pudiera desplazarme en cualquier momento, rodearme de unos pocos amigos, y ser feliz. Aconsejo a todo aquel que tenga intención de construir que se construya una casita de campo. El otro día fue mi amigo lord Courtland a pedirme consejo, y desplegó ante mí tres planos distintos de Bonomi[9]. Yo tenía que decidir cuál era el mejor. «Querido Courtland —le dije, arrojándolos al fuego inmediatamente—, no sigas ninguno de ellos, y, por lo que más quieras, constrúyete una casa de campo». Y, por lo que yo sé, creo que no hizo falta decir nada más. Hay gente que piensa que en una casa de campo no hay forma de tener comodidades, ni espacio; pero esto es un gran error. Estuve hace un mes en la de mi amigo Elliott, cerca de Dartford. Lady Elliott quería dar un baile. «Pero ¿cómo? —decía—. Dígame usted, querido Ferrars, cómo me las compongo. No hay en esta casa habitación en la que quepan diez parejas, y la cena ¿dónde la sirvo?». Yo vi en el acto que no existía el menor impedimento, por lo que le dije: «No se preocupe usted, querida lady Elliott. En el comedor caben dieciocho parejas con facilidad; en el saloncito pueden emplazarse mesas para los naipes; puede abrirse la biblioteca para servir el té y otros refrigerios; y disponga usted la cena en el vestíbulo». A lady Elliott le encantó la idea. Medimos el comedor, y vimos que tenía capacidad exactamente para dieciocho parejas, y todo se arregló siguiendo paso a paso mi plan. Por lo que ya ve usted cómo, con sólo ponerse a ello, puede uno disfrutar de las mismas comodidades en una casita de campo que en la más espaciosa mansión.


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