Juicio y sentimiento
Juicio y sentimiento —Eso fue exactamente lo que dije yo, querida: «¡Dios del Cielo! ¿Está enferma la señora Dashwood?». Entonces se destapó todo; y en resumidas cuentas, por lo que yo sé, es como sigue: el señor Edward Ferrars, el mismo joven sobre el que yo solía gastarle bromas a usted, señorita (aunque ahora, según están las cosas, me alegro horrores de no haberlo hecho nunca en serio), el señor Edward Ferrars, al parecer, ¡lleva más de un año comprometido con mi prima Lucy! ¡Lo que oye, querida! ¡Y todos sin saber ni mu, excepto Nancy! ¿No es increíble? No es de extrañar que se gusten el uno al otro; pero entre ellos estos asuntos debían de estar muy adelantados, ¡y nadie lo sabía! ¡Eso sí que es extraño…! Nunca tuve ocasión de verlos juntos, porque seguro que en seguida lo habría averiguado. Bueno, el caso es que se había llevado en un gran secreto, por miedo a la señora Ferrars, y ni ella ni su hija ni su hermano de usted tenían la menor sospecha… hasta que esta misma mañana la pobre Nancy, que ya sabe usted que es una criatura muy bienintencionada, lo soltó todo. «¡Señor! —se ha dicho a sí misma—, están todos tan encariñados con Lucy que seguro que no pondrán ninguna pega»; y, bueno, se ha ido derecha a su hermana política, señorita Dashwood, que se encontraba sola, dedicada a su labor, sospechando apenas lo que se le avecinaba… porque tan sólo cinco minutos antes le había estado diciendo a su hermano que tenía planes para Edward y la hija de un lord o no sé quién, ahora no me acuerdo. Ya puede imaginarse qué golpe ha sido para su orgullo y su vanidad. Cayó en el acto en un violento acceso de histeria, y dio tales gritos que llegaron a oídos de su hermano de usted, que estaba abajo, en su gabinete, pensando una carta que tenía que escribir a su mayordomo en el campo. Corrió rápido escaleras arriba y se produjo una escena terrible, pues Lucy entró en aquel mismo momento, sin imaginar apenas lo que estaba ocurriendo. ¡Pobre criatura! ¡Qué pena me da! Y, debo decirlo, creo que la trataron muy duramente; porque su hermana política se puso hecha una furia, y la muchacha no tardó en desmayarse. Nancy cayó de rodillas y rompió a llorar amargamente; y su hermano, señorita Dashwood, empezó a dar vueltas por la habitación diciendo que no sabía qué hacer. La señora Dashwood declaró que no las quería ni un minuto más en su casa, y su hermano se vio obligado a arrodillarse también, para rogarle que les dejara al menos empaquetar sus vestidos. Entonces volvió a ponerse histérica, y él se asustó tanto que decidió llamar al señor Donavan, y el señor Donavan se encontró la casa en medio de este escándalo. En la puerta estaba el coche listo para llevarse a mis pobres primas, y a punto estaban de subirse a él cuando el doctor salía: la pobre Lucy en tal estado, dice, que apenas podía dar un paso, y Nancy, casi igual de mal. Se lo digo: su hermana política me saca de quicio; y espero, con toda el alma, que se casen a pesar de ella. ¡Señor! ¡Pobre señor Edward, cómo habré de compadecerle cuando lo sepa! ¡Ver su amor sometido a esta humillación! Porque se dice que él la quiere muchísimo, a pesar de todo. ¡No me extrañaría que sintiera la mayor de las pasiones! Y el señor Donavan piensa lo mismo. Él y yo hemos tenido una larga charla; y lo mejor de todo es que después él ha vuelto de nuevo a Harley Street, y quizá esté presente cuando se lo digan a la señora Ferrars, a quien mandaron llamar tan pronto como mi prima abandonó la casa, pues su hermana política estaba segura de que ella también se pondría histérica; y por lo que a mí respecta, que se ponga. Ninguna de las dos me inspira lástima. Nunca había conocido a nadie que armara tanto alboroto por esos asuntos del dinero y la grandeza. No veo en absoluto por qué el señor Ferrars y Lucy no tienen que casarse; pues estoy convencida de que la señora Ferrars puede permitirse tratar muy bien a su hijo y, aunque Lucy apenas tenga nada, sabe mejor que nadie cómo sacar provecho a todo; y me atrevería a decir que, con que la señora Ferrars le concediera tan sólo quinientas libras anuales, ella se las arreglaría para que pareciera que les había dado ochocientas. ¡Dios mío! ¡Qué a gusto podrían vivir en una casita de campo como la suya, señorita Dashwood, o un poco más grande, con dos criadas y dos hombres! Y creo que yo podría conseguirles una doncella, porque Betty tiene una hermana libre que les iría de maravilla.