Juicio y sentimiento
Juicio y sentimiento —Lamento decir, señora, que en una desafortunadÃsima ruptura: Edward ha perdido para siempre el amor de su madre. Ayer dejó la casa, aunque no sé adónde ha ido, ni si aún está en la ciudad; porque, por supuesto, nosotros no podemos tratar de averiguarlo.
—¡Pobre joven! ¿Qué va a ser de él?
—¿Qué va a ser, señora? No es un panorama agradable. ¡Él, que habÃa nacido con la promesa de semejante caudal! No puedo concebir situación más deplorable. Con los intereses de dos mil libras… ¡cómo va a vivir de eso un hombre! Y si a esto añadimos que ha sido sólo su propia locura la que le ha impedido recibir, en el plazo de tres meses, dos mil quinientas al año (porque la señorita Morton tiene treinta mil libras), me cuesta imaginar infortunio mayor. Debemos tenerle compasión; tanto más porque ayudarle es algo que está totalmente fuera de nuestro alcance.
—¡Pobre joven! —repitió la señora Jennings—. Estoy segura de que recibirÃa de buen grado una invitación de alojamiento y comida en mi casa; y eso le dirÃa si pudiera verle. No me parece bien que tenga ahora que vivir a su propio cargo, en posadas y tabernas.
Elinor agradeció Ãntimamente este gesto de favor hacia Edward, aun sin poder evitar una sonrisa al ver la forma que habÃa adoptado.