Juicio y sentimiento
Juicio y sentimiento —¿Ah no? Pues se han dicho cosas: lo sé muy bien, y no sólo las ha dicho una persona; pues la señorita Godby le dijo a la señorita Sparks que nadie en sus cabales iba a esperar que el señor Ferrars renunciara a una mujer como la señorita Morton, con una fortuna de treinta mil libras, por Lucy Steele, que no tiene nada de nada; y eso me lo ha dicho la misma señorita Sparks. Y, lo que es más, mi propio primo Richard dijo que temía que, en cuanto se plantease la cuestión, el señor Ferrars fuera a romper el compromiso; y yo misma no supe qué pensar cuando vi que pasaban tres días y que él no iba a vernos. Creo sinceramente que Lucy lo dio todo por perdido, porque cuando nos fuimos de casa de su hermano era miércoles y a Edward no le vimos ni el jueves ni el viernes ni el sábado, y todo este tiempo hemos estado sin saber nada de él. Lucy hasta quiso escribirle, pero su espíritu se rebelaba ante la idea. Esta mañana, finalmente, al volver de la iglesia nos lo hemos encontrado en casa; y entonces lo hemos sabido todo: que el miércoles le llamaron a Harley Street, que tuvo una conversación con su madre y todos los allí reunidos, y cómo en su presencia declaró que sólo amaba a Lucy, y que sólo con Lucy se iba a casar. Y cuán afectado le dejó lo que había ocurrido, hasta el punto de que, nada más salir de casa de su madre, cogió su caballo y cabalgando campo a través llegó hasta una posada, en donde estuvo alojado todo el jueves y todo el viernes pensando la mejor solución. Y después de meditarlo mucho, ha dicho, concluyó que ahora que carecía de fortuna y de toda pertenencia, sería feo obligar a Lucy a mantener un compromiso en el que no tenía nada que ganar, dado que él no disponía más que de dos mil libras y estaba sin esperanzas de conseguir nada mejor; y si, como eran sus planes, se ordenaba clérigo, entonces no tendría más que una parroquia, y en fin, ¿cómo iban a vivir de eso los dos? Lo mejor que ella podía hacer, por poco que le importase su propio interés (y eso le pidió, pues no podía verlo de otro modo), era romper sin más tardanza el compromiso y dejar que él se las arreglase como pudiera. Yo le oí decir todo esto de la forma más clara posible. Y era sólo por el bien de ella, y pensando en ella, y no en él, por lo que osaba hablar de ruptura. A fe mía que ni una vez dijo una palabra que pudiera hacer pensar que se había cansado de ella, o que quería casarse con la señorita Morton, o algo parecido. Pero, claro, Lucy no quiso ni oír hablar del asunto, así que (con muchas dulces y amorosas palabras, ya puede usted imaginárselo… ¡En fin! Una no puede repetir esa clase de cosas, ya sabe) ella dijo inmediatamente que no tenía ni la más remota intención de romper, porque iba a ser capaz de vivir con él con cuatro cuartos, y que, por poco que tuviera, siempre estaría encantada de tenerlo a él, bueno, algo así fue lo que dijo. Él se puso entonces muy contento, y durante un rato reflexionó sobre lo que habría que hacer, y los dos convinieron en que tenía que ordenarse sin pérdida de tiempo, y en que hasta que no obtuviera un beneficio eclesiástico habrían de esperar para la boda. Y justo en este momento tuve que dejarlos, pues llamó mi primo desde abajo para decirme que acababa de llegar la señora Richardson en su coche y que quería llevarse a una de nosotras al parque de Kensington; me vi obligada a entrar en la habitación e interrumpirlos para preguntar a Lucy si quería ir ella, pero no podía dejar a Edward; así que deprisa y corriendo me calcé un par de medias de seda, y me puse en camino con los Richardson.