Juicio y sentimiento
Juicio y sentimiento En cuanto la señora Dashwood volvió en sí, fue su primer deseo subir a ver a Marianne; y en dos minutos estuvo al lado de su niña adorada, a quien la ausencia, la infelicidad y el peligro habían hecho más querida. La alegría de Elinor, al percibir el sentimiento mutuo que nacía del reencuentro, sólo se vio reducida por el temor de que Marianne fuera privada de horas de sueño; pero la señora Dashwood podía ser moderada, podía incluso ser prudente, cuando la vida de una criatura estaba en juego, y Marianne, contenta porque sabía que tenía a su madre al lado, y sabiendo también que su propia debilidad le impedía conversar, se sometió con prontitud al silencio y al reposo prescritos por todas las enfermeras que la rodeaban. La señora Dashwood quiso quedarse toda la noche a velarla, y Elinor, cediendo a las súplicas de su madre, se fue a dormir. Pero el descanso que una noche completamente en vela y tantas horas de tensión fatigosa y extrema parecían exigir encontró en la alteración de su espíritu un importante estorbo. Willoughby, «el pobre Willoughby», como ahora se permitía llamarle, presidía sus pensamientos; nada habría deseado menos que un alegato en su defensa y sin embargo ahora se culpaba, y a veces se perdonaba, por haberle juzgado con tanta dureza. Pero la promesa que había hecho de contar lo ocurrido a su hermana no dejaba de angustiarla. Temía ese momento, temía el efecto que en Marianne podía ocasionar; no sabía si, después de semejante explicación, podría ser alguna vez feliz con otro hombre; y por un instante deseó que Willoughby enviudase. Luego, acordándose del coronel Brandon, se arrepintió; pensó que eran sus padecimientos y su constancia, mucho más que los de su rival, lo que debía recompensar Marianne, y que la muerte de la señora Willoughby era lo último que cabía desear.