Juicio y sentimiento
Juicio y sentimiento Elinor ya no pudo seguir sentada. Salió casi corriendo de la habitación y, en cuanto la puerta se hubo cerrado, rompió a llorar de alegría, y al principio creyó que nunca habría de dejar de hacerlo. Edward, que hasta ese momento había mirado a todas partes menos a ella, observó su huida, y quizá observó, o incluso oyó, su emoción; porque inmediatamente después cayó en una especie de ensueño que ninguna observación, ninguna pregunta, ningún afectuoso acercamiento de la señora Dashwood fue capaz de penetrar, y al fin, sin decir palabra, salió de la estancia y empezó a andar en dirección al pueblo, dejándolas, con este cambio brusco e insospechado, en el mayor estupor y desconcierto; un estupor que sólo por medio de conjeturas pudieron ellas moderar.