Juicio y sentimiento

Juicio y sentimiento

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—Una mujer de veintisiete —dijo Marianne, tras una breve pausa— no puede nunca confiar en volver a sentir o inspirar amor, y si su hogar es estrecho, o su fortuna pequeña, supongo que podría llegar a resignarse al oficio de enfermera, pensando en el bienestar material y la seguridad de estar casada. Casarse con una mujer así no sería impropio. Sería un pacto de conveniencia, y eso complacería al mundo. A mis ojos no habría matrimonio alguno, pero eso es lo de menos. Para mí sólo habría un intercambio comercial, en el que cada uno buscaría beneficio a expensas del otro.

—Sería imposible, lo sé —replicó Elinor—, convencerte de que una mujer de veintisiete años pueda sentir por un hombre de treinta y cinco algo que se parezca lo suficiente al amor, y que haga de él una compañía deseable para ella. Pero debo oponerme a que condenes al coronel Brandon y a su mujer al constante confinamiento de una habitación de enfermo sólo porque a él se le ocurriera ayer (que hizo un día muy frío y húmedo) quejarse de un pequeño dolor reumático en un hombro.

—Pero hablaba de chalecos de franela —dijo Marianne—; y para mí un chaleco de franela está indefectiblemente asociado a los dolores, calambres, reumatismos y a todos esos achaques que suelen afligir a los viejos y a los débiles.


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