Juicio y sentimiento

Juicio y sentimiento

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El anciano caballero murió; se leyó su testamento, y, como casi todos los testamentos, deparó por igual alegrías y tristezas. No fue tan injusto, ni tan desagradecido, como para no dejar las tierras a su sobrino; pero lo hizo en tales condiciones que el legado quedó reducido a la mitad de su valor. El señor Dashwood lo había deseado más por el bien de su mujer y sus hijas que por el suyo propio o por el de su hijo: pero fue su hijo, y el hijo de su hijo, quien se benefició, de tal manera que el mismo señor Dashwood se encontró con que no tenía poder para asegurar el futuro de quienes le eran más queridos, y más necesidad tenían de ser asegurados, mediante el eventual recurso a un gravamen sobre las tierras o a la venta de sus valiosos bosques. Todo había sido arreglado para el solo beneficio de aquel niño que, en visitas esporádicas a Norland con sus padres, hasta este punto se había granjeado las simpatías de su tío, gracias a unos encantos de ningún modo inusitados en los niños de dos o tres años de edad: un hablar imperfectamente articulado, un firme deseo de salirse con la suya, muchas travesuras y monerías, y un montón de ruido, todo lo cual pesó más en el anciano que el valor de todas las atenciones que, durante años, había recibido de su sobrina y de las hijas de ésta. No era su intención, pese a todo, ser desconsiderado, y, como muestra de su afecto por las tres muchachas, les dejó mil libras a cada una.


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