Juicio y sentimiento

Juicio y sentimiento

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La felicidad de Elinor no era tan grande. Su corazón no estaba tan en paz, ni era tan puro su disfrute de las diversiones. Éstas no le proporcionaban compañía alguna que pudiera reemplazar lo que había dejado tras sí, ni disminuir la nostalgia que sentía de Norland. Ni lady Middleton ni la señora Jennings podían ofrecerle la conversación que echaba de menos, y eso que la segunda era una conversadora infatigable, y desde el principio la había tratado con tanta amabilidad que nunca habían de faltarles temas de que hablar. Ya le había contado tres o cuatro veces la historia de su vida; y, si Elinor hubiera tenido tan buena memoria como medios para desarrollarla, habría podido referir desde el día en que se conocieron todos los detalles de la última enfermedad del señor Jennings, así como lo que le dijo a su mujer pocos minutos antes de fallecer. Lady Middleton resultaba más soportable que su madre, y sólo porque era más callada. No había que ser muy despierto para darse cuenta de que su discreción era una simple laxitud de carácter con la que el buen sentido nada tenía que ver. Era igual con ellas que con su marido y con su madre; no se podía, por ello, ni pretender ni desear conocer su intimidad. No decía nunca nada que no hubiera dicho el día anterior. Su sosería era invariable, pues ni siquiera cambiaba de humor; y aunque no se oponía a las reuniones que organizaba su marido, ya que todo se hacía con distinción y sus dos hijos mayores siempre estaban a su lado, nunca parecía obtener de ellas mayor placer que el que habría podido encontrar quedándose en casa; y tan poco añadía su presencia al placer de los demás, tan escasa era su contribución a la conversación, que a veces sólo se acordaban de ella por la solicitud que mostraba con sus pesados niños.


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