La AbadÃa de Northanger
La AbadÃa de Northanger —¿Tilney? —repitió él—. ¡Hummm…! No lo conozco. Tiene buena facha, empaque. ¿No necesita un caballo? Hay aquà un amigo mÃo, Sam Fletcher, que vende uno que le servirÃa a cualquiera. Un animal de primera, y muy bueno para la carretera… por sólo cuarenta guineas. He pensado ochenta veces en comprarlo yo, porque uno de mis lemas es: siempre que encuentres un buen caballo, cómpralo; pero no me sirve para lo que yo quiero, no servirÃa para el campo. Por un auténtico caballo de caza pagarÃa lo que fuese necesario. Ahora tengo tres, los mejores que se han parido jamás. No los venderÃa ni por ochocientas guineas. Fletcher y yo queremos conseguir una casa en el condado de Leicester para la próxima temporada. Es tan endemoniadamente incómodo vivir en una posada…
Ésta fue la última frase con que Thorpe pudo aburrir a Catherine pues, en aquel mismo momento, fue apartado de ella por la incontenible presión de una larga hilera de damas que pasaban.
Su pareja se acercó entonces a Catherine y le dijo: