La Abadía de Northanger

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Esto le hizo mucha gracia al señor Tilney.

—¡Sólo poder ir de visita a casa de la señora Allen! —repitió—. ¡Qué panorama de indigencia intelectual! Sin embargo, cuando vuelva a sumirse en ese abismo, tendrá más cosas de las que hablar. Podrán conversar de Bath y de todo lo que hicieron aquí.

—¡Oh, claro! Nunca me volverá a faltar tema de conversación con la señora Allen ni con nadie. De verdad que cuando vuelva a mi pueblo estaré siempre hablando de Bath. Me gusta una barbaridad. Si pudiera tener conmigo a mi padre y a mi madre y al resto de la familia, estaría como loca. Es una maravilla que haya venido James, mi hermano mayor, y, además, que la familia de la que acabamos de hacernos tan amigos sean ya íntimos de él. ¡En fin! ¿Quién puede llegar a cansarse de Bath?

—Quienes, como usted, traen consigo sentimientos tan nuevos y tan variados, no. Pero padres y madres, hermanos y amigos íntimos no son nada nuevo para quienes frecuentan Bath y están hartos de la honorable afición a las fiestas, las obras de teatro y la diaria visita a monumentos.

Aquí hubo de concluir la conversación, pues las exigencias del baile se volvieron demasiado absorbentes para permitir atender otros asuntos.


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